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-¡Niños vengan a comer! Mi hijo de 18 meses de edad sale detrás del sillón y corre a su silla. Mi hijo de siete años no tiene idea de lo que acabo de decir, y grita desde su escondite, -“¿Qué dijiste?” Mi hijo mayor no tiene problemas para oír, simplemente no es bilingüe como su hermano y no entendió cuando lo llamaba a comer. Crecí en unos de los barrios más pobres de El Paso, Texas, e hice todo lo posible para escapar de la pobreza y el color de mi piel. Me llevaba con niños del lado oeste de la ciudad que venían de familias más pudientes, y usualmente no hablaban una palabra de español. Yo hablaba suficiente español pero pretendía no entenderlo, no hablaba ni una sola palabra con nadie. En la escuela me rehusaba a hablar español hasta con mis amigos hispanos, no quería nada relacionado con mi lengua. Mientras ellos entraban a clubs de Chicanos, yo lo único que quería era estar en el club de literatura en inglés. Hasta en mi casa, con la única persona que hablaba español era con mi mamá y solo porque no me entendía de otra forma. Después que me casé me mude a Tucson, Arizona, donde pensé que estaba en el cielo. Aunque estuviera dentro de la minoría me sentía en casa con mis vecinos anglosajones. Cuando me embaracé de mi primer hijo decidí que el inglés sería su primer idioma, y si estaba en mis manos, sería el único también. Nunca pronuncié una palabra en español frente a él, y cuando sus abuelos preguntaban por qué no comprendía lo que le decían inventaba escusas por él, -sí comprende pero es tímido-, -sí comprende pero se rehúsa a hablarlo. Cuando en realidad yo no quería que él hablara español. En la tierra de la oportunidad, reconocí pronto mi gran equivocación. Le estaba negando a mi hijo uno de los más grandes regalos que le podía ofrecer: la habilidad de ser bilingüe. Veía la necesidad de intérpretes diariamente en el campo de la salud donde trabajaba. Hasta las idas al supermercado, muchas veces se convertían en una oportunidad para ayudar a alguien quien no podía entender el inglés o viceversa. En el asilo de ancianos donde trabajaba conocí a un gran grupo de individuos hispanohablantes con los que me uní rápidamente. Ansiaba hablar como ellos, pronunciar las palabras correctamente mientras se resbalaban de la lengua. Ellas sonaban como música para mis oídos. Empecé a ver las telenovelas en español y a escuchar programas de radio por la mañana para mejorar mi vocabulario. Escuché palabras que nunca antes habían sido mencionado alrededor mío, porque crecí en una ciudad fronteriza donde se habla una mezcla de español e inglés. Un colega del Perú tenía la forma más elocuente de hablar en un idioma que reconocía como español, pero que no podía entender totalmente. ¿Acaso me estaba engañando a mi misma pretendiendo ser bilingüe? Hoy en día puedo escuchar una palabra en inglés, y como magia, encuentro fácilmente su equivalente en español. Vivo una vida realmente bilingüe. Tengo hambre de películas extranjeras de España y del interior de México, que me reten a adivinar el significado de cada palabra. Ahora hasta sorprendo a mi mamá cuando no entiende lo que le digo. Sé que ella está orgullosa que ya no hable spanglish, y yo ya no me avergüenzo de hablar español en público. Lo veo como un idioma secreto que mi esposo y yo compartimos, cuando no queremos que nadie nos entienda. Rápidamente ofrezco mi don para ayudar a alguien a quien se le dificulta el inglés, o para entender el español, y doy gracias de no estar en sus zapatos. Me siento capacitada y bendecida porque puedo entender una conversación en un idioma y rápidamente traducirlo a otro. Mi segundo hijo se benefició con mi bilingüismo. Solamente le hablo en español y mi esposo en inglés: y estoy orgullosa de decir que su primer idioma es el español. Mi hijo de 7 años, por otro lado, todavía tiene bastante que aprender. Me avergüenzo que absurdamente mantuviera mi hermoso idioma nativo alejado de él. Espero que no le haya hecho un daño irreversible. Hace dos años empecé a hablarle solo en español, pero aún no lo he escuchado contestarme con frases completas.
Y como si mis oraciones
hubieran sido escuchadas, detrás del sillón una pequeña voz exclamó,
“Ven, mira esto”. Era mi hijo mayor llamando a mi hijo pequeño para
que fuera a ver lo que estaba haciendo. Posiblemente no seré su primera
maestra bilingüe, porque parece ser que está aprendiendo de otro
experto—su hermano bilingüe. Quizá no sea demasiado tarde.
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© 2 0 0 7, C e n t e r F o r T e a c h e r E d u c a t i o n - - C o s s e t t i D u r a z o W e b m a s t e r W e b S i t e c r e a t e d b y M i g d a l i a J. P o l l a r d, | |||||||||